CIUDAD

Una Red Social de 700 mil contactos es el púlpito del Padre John Montoya


La comunidad Hossanna nació por casualidad de un grupo de whatsApp en la comunidad de Urcuquí.

John Albeiro Montoya percibía desde niño “cosas raras y satánicas” en su casa donde la extrema pobreza forjó su carácter: terminado el bachillerato se escapó a un convento de misioneros en ciudad de Pereira, desde donde se evadió a la vida de la calle, con los “desechables”, entre alcohólicos, mendigos, drogadictos, pandilleros y rebeldes “sin causa”, pero dos episodios le cambiarían la vida para siempre.

El primero le sucedió en Neiva (Huila) en su natal Colombia, cuando en una gélida madrugada y bajo un copioso aguacero encontró a un niño de ocho años abandonado, temblando de frío, vestido de harapos y hambriento. La escena le movió el piso, hizo un alto a la farra y llevó al menor a su casa para atenderlo. “Me sentí más humano”, confiesa este hombre de corta estatura, menuda figura y ojos claros que transmite paz.

El segundo remezón le pasó en plena cima de la vida loca, hastiado de los placeres aceptó la invitación de Nelson para asistir al grupo de oración Vida Nueva que se reunía tras una iglesia de la ciudad. Avergonzado por su aspecto mugroso entró a la tercera vez.

“Fue mi primer acercamiento a Jesús, allí empecé una etapa de purificación espiritual, sicológica y emocional y le dije al señor: si me das un buen empleo y todo lo que yo quiera me voy de cura”. Pronto se colocó de supervisor de ventas en una transnacional, tuvo mucho dinero, comodidades y conquistó a Gina Estela, la novia de sus sueños. “Parecía que lo tenía todo, pero no era feliz, sentía un vacío, me faltaba algo”, recuerda.

Dos años después su vida se partió en dos: sucedió en Armenia (Quindío), “estaba en oración profunda junto a un crucifico y le dije al señor que si no soy capaz de hacerme sacerdote al menos me haga un buen esposo, así, me quedé dormido. Al amanecer sentí en mi cara el golpe del sol que entraba por la ventana y me desperté invadido de felicidad, sentía que ya era un sacerdote, era ese algo que me faltaba”.

Enseguida preguntó por los requisitos del seminario, renunció al trabajo ante el asombro y rechazo del jefe que pugnó por retenerlo, alistó maletas y a pocas horas del viaje un fatídico terremoto sembró de muerte y destrucción a Armenia. Tomó el bus en medio de ambulancias y damnificados, lo esperaba el seminario.

Niñez de leñador y asistente de cantinero

Mi vida ha transcurrido siempre entre picos, grandes

Nacido en San Vicente, Antioquia, Colombia y quinto de 11 hermanos, John perdió a su padre Libardo, el albañil del pueblo, a meses de nacido. Azotada por la pobreza extrema, su madre Sofía trabajó en oficios rudimentarios para saciar el hambre de los pequeños, Jhon, quien ayudaba cada día a buscar la leña para el fogón se arriesgaba a robar verduras del mercado para apoyarla en la “multiplicación de los panes”.

A sus siete años empezó a trabajar en la cantina del pueblo, lavando vasos de siete de la mañana a diez de la noche, en medio de borrachos y vallenatos rompevenas. En contraste, también recuerda la misa a la que asistía cada domingo en familia y la recomendación de su madre, antes de dormir: “no se olviden de orinar y rezar”.

Se ordenó sacerdote el 29 de mayo de 2004 en la orden de los Misioneros Javerianos de Yarumal. “Mi vida ha transcurrido siempre entre picos, grandes tormentas y grandes victorias, y puedo, sin dudarlo, escuchar el eco de la voz del Señor”, confiesa hoy, el Padre John Montoya, vestido de la característica túnica café de la comunidad javeriana.

tormentas y grandes victorias, y puedo, sin dudarlo,

escuchar el eco de la voz del Señor

“Buscamos tantas cosas en la vida pero el vacío sigue allí”

Aterrizó el 15 de julio de 2014 en Ecuador. Desde el seminario lo perseguía el sueño de convertirse en un ermitaño y servir a la comunidad. Se arriesgó a dicha misión en Monte Tabor de Urcuquí, en compañía de Daysy, Adriana y Margarita, que se habían adelantado en el camino como familia eremita o pustinikki.

Su vida transcurre en estado de meditación en una ermita, alejado del mundanal ruido, eso no es común ahora en los sacerdotes ¿Qué significa eso para usted?

Cualquier cristiano necesita enamorarse locamente del señor. Sólo él llena los vacíos del corazón; nos pasamos la vida buscando demasiadas cosas, incluso como sacerdote, pero el mundo, la iglesia, dios necesita de gente que doble las rodillas. Se salva más al mundo ante dios en oración que haciendo muchas cosas, pero ambas hacen falta.

¿Cree que nos pasamos la vida distraídos?

Nos distraemos en demasiadas cosas y no sabemos que buscamos. Vamos tras el dinero, el comercio, y más pero el vacío sigue allí. La gente se muere sin saber para que naciera. Entonces yo he descubierto que sólo dios llena ese vacío y la necesidad que hay en el mundo de que se ofrende. Cuando yo me encierro en la ermita me encierro con el mundo entero.

Entonces también se busca el templo un escape, desahogo o refugio de los problemas de la vida, ¿Sin afrontarlos?

Uno lanza la semilla y es él quien recoge la cosecha. En nuestras eucaristías va la gente que ha venido preparada con los mensajes, de un proceso de escucha de la palabra del señor. No es gente que viene por un espectáculo, por un show.

Por ignorancia la gente va con una necesidad: yo quiero que se arregle mi hogar, yo quiero que se case mi hija, yo quiero, yo quiero. Pienso que sencillamente están utilizando al evangelio, porque el mundo no les está llenando su corazón.

Usted anoche en el evangelio se refirió al perdón. ¿Acaso la culpa y la falta de perdón son parte del problema que oprime al ser humano?

Cuando yo predico, percibo que todos los seres humanos tenemos algo de falta de perdón en nuestro corazón, hacia Dios, hacia los hermanos, los esposos, hacia nosotros mismos. La falta de perdón crea un círculo que me encierra y me impide conocer el corazón de dios, el corazón de los otros.

América Latina es uno de los continentes más religiosos y católicos ¿Cómo explica usted que siga siendo también el continente más desigual más injusto?

La estadística dice que en Ecuador el 85 % es católico. Si eso es verdad el mundo tiene que cambiar, el lio es que no estamos enamorados de cristo. Creemos que ser cristiano es ir a la iglesia, bautizarse y basta, ir en semana santa o navidad, seguir a cristo es hacer discipulado todos los días como si fuera mi espejo.

Pero el evangelio habla del compartir no por caridad cristiana sino en sentido de justicia ¿No cree si aquello sucediera se acabaría la inequidad y la pobreza ?

No solo eso. La conversión del corazón llevaría al compartir. Pienso que toca transformar el corazón y cuando eso suceda se acaba el egoísmo y se comparte. Toca llenar el vacío que hay en el corazón y eso nos llevaría a todo lo demás.

Ud. es sacerdote de la era digital ¿Cómo ve su experiencia del evangelio virtual con su comunidad Hosanna?

Imagínate que hubiera hecho San Pablo con whatsApp y Facebook. Yo pienso que hay que aprovechar las tecnologías de la comunicación, estas también son nocivas en su uso, que pueden llevar a la muerte pero también pueden llevar a la vida, creo que la iglesia debería aprovechar muchísimo esto para evangelizar.

Hablando de las redes sociales, supuestamente la gente está más comunicada que nunca ¿Cómo se entiende entonces lo que usted dijo que el individuo está más solo que nunca?

Hablamos de un mundo globalizado pero no hablamos de la persona, de sus necesidades. Es increíble que haya gente que es feliz porque tiene 5 o 10 mil amigos en Facebook. Y le llamamos amigo ¿a quién? ¿Será amigo realmente? Se ha desvirtuado ese sentido. La gente vive sola porque vive en maza, pero la gente necesita tocar, escuchar y ser escuchada. Necesita ser tenida en cuenta, que alguien le diga te amo.

¿Cómo líder espiritual que se debe hacer contra ese aislamiento y soledad espiritual de este mundo globalizado?

La familia se convirtió en hotel, no en espacio de encuentro, de compartir, de amor; de ternura. La gente llega y pone la televisión, el equipo de sonido, busca el ruido. Se perdió el espacio donde uno es persona y se ha convertido en número, ocurre en la escuela, en la universidad. En la iglesia también al sacerdote le resulta difícil acercarse a cada uno.