CIUDAD

Tras superar el COVID-19, mamás disfrutan con sus familias


María, Lelia y Sandra comparten sus historias de vida y de fe.

Jessica Rios

jrios@diariocorreo.com.ec

Es el segundo Día de la Madre que los orenses viven en confinamiento y con todas las restricciones derivadas de la pandemia por COVID-19. Debido a esta mortal enfermedad muchas personas han perdido seres queridos, a sus madres, por lo que esta fecha les trae nostalgia y dolor.

También hay cientos de casos de mujeres que libraron una dura lucha contra la COVID-19 y con la ayuda del personal médico superaron esta enfermedad, muchas de ellas, encontraron en sus hijos el más grande impulso para superar el coronavirus. Tres de estas guerreras nos cuentan sus historias y reflexionan sobre la importancia de la fortaleza espiritual para pelear este desigual batalla.

Estas madres además hacen un llamado a toda la comunidad para que no baje la guardia en los cuidados ante un eventual contagio de COVID-19, piden también que las personas activen su lado espiritual y recurran a la oración, además de ser ciudadanos responsables con sus familias y la sociedad y evitan acudir a eventos masivos o actividad no esenciales.

María Rosa Quezada: "El día de la madre lo pasé en uci, mi hijo fue mi motivación para salir"

En los primeros meses de la pandemia por COVID-19, María Rosa Quezada Altamirano, de 42 años, se contagió con el virus, la enfermedad avanzó con tal fuerza que permaneció 22 días en la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital del IESS mientras sus familiares y amigos realizaban cadenas de oración y actividades solidarias pues su pronóstico era reservado.

“Desde que inició la pandemia, yo me encerré en mi casa pues mi hijo es alérgico, siempre ha sufrido de los bronquios y tenía mucho miedo de que algo le suceda pues él es primer milagro que experimenté en mi vida, ya que por más de siete años intenté ser madre hasta que Dios finalmente me envió a Freddy Andrés, que ahora tiene 13 años. Mi esposo, Freddy Cuenca salía únicamente a trabajar y para las compras del hogar, siempre desinfectaba todo, nunca asistimos a fiestas, paseos ni reuniones sociales de ningún tipo, por eso me extrañó tener COVID-19 pero al menos fui la única en mi familia, esto fue a fines de abril del 2020”, comentó.

“Nunca tuve malestar del cuerpo, no perdí el olfato ni el gusto, solamente una carraspera en la garganta y fiebre de 38º. En una primera prueba, el resultado salió negativo pero en una tomografía se evidenció que tenía ya comprometidos mis pulmones. Me trataron en casa pues los hospitales estaban full en esos días, pero empecé con dificultad para respirar pues tenía 80 de saturación, necesitaba 20 de oxígeno y no avanzaba a respirar”.

“Me empeoré, perdí el conocimiento por lo que me internaron en el IESS, allí la saturación bajó a 70, los médicos me explicaron que necesitaban intubarme inmediatamente pues podía sufrir un paro respiratorio y morir; lloré pero recordé que soy una mujer de fe. . Le pedí a Dios que se haga su voluntad pero que ayude a mi hijo a superar esto si yo moría”.

“El último pensamiento consciente antes de me duerman para la intubación fue mi hijo y eso me ayudó a luchar contra todo, el temor de dejarlo solo. Estar intubado es como vivir en un sueño perenne, no se siente dolor. Yo soñaba con mi hijo y escuchaba su voz, después supe que una enfermera reproducía todos los días un audio de mi niño y me cuentan que en esos momentos yo lloraba. En mis sueños siempre veía a un hombre con túnica roja que venía a verme y luego cruzaba un puente, se alejaba pero yo nunca intentaba seguirlo hasta que un día empecé a caminar junto a él pero en el camino escuché a mi hijo gritar: Mamá y regresé al otro lado”.

“Cuando finamente pude abrir mis ojos, vi a mi alrededor mucha gente intubada, todos sin ropa y solo tapados con una sábana, personas con tantas máquinas en la boca, en los brazos, en todo el cuerpo. No podía hablar por el tubo, tenía muchas llagas en mi boca, no podía ni pasar la saliva”.

“De pronto habrá gente que se queja de los doctores pero yo estoy muy agradecida con los médicos y los enfermeros, la verdad es que lo dan todo por los pacientes, yo que estuve ahí sé como nos cuidan, se amanecen para cuidar a otras personas e inclusive sacrifican a sus familias”.

“El año pasado mi hijo pasó el Día de la Madre sin mí, estoy tan agradecida con mis hermanos con los que soy muy unida, con mi cuñada y con mis grandes amigos que son como mi familia, las oraciones y el apoyo de todos ellos me permitió estar aquí pues mi caso era muy grave”.

“Después de 22 días en UCI desperté, cuando pude ver a mi esposo de lejos, fue una emoción tan grande pues me dijo que nunca me había abandonado, que todos los días iba al hospital para saber de mí, hasta las enfermeras que me acompañaban lloraron de alegría. Yo estaba contenta de saber que él y mi hijo estaban bien, que mi hermana estaba sana pues tenía temor de haberlos contagiado. Finalmente, el 6 de junio de 2020 regresé a mi hogar, muy débil, con muchas secuelas de la enfermedad, pero feliz de estar en mi casa”.

Pero la salud de María Rosa sufrió una nueva complicación algunos días después pues producto de tantos días de permanecer acostada, en su piel se formó una escara que requirió de dos intervenciones quirúrgicas y la colocación de un colgajo para sanar pues aparentemente contrajo una bacteria que laceró su piel y músculos en el área del coxis; felizmente ha superado también esta prueba.

“Como consecuencia del COVID-19 perdí mucha visión, ahora utilizo lentes, tuve las secuelas de una parálisis facial que sufrí en UCI debido a los fuertes medicamentos pero estoy viva, eso es lo único importa. Estoy aquí para mi familia, para mi hijo y para mi esposo que ha sido mi leal compañero desde hace 20 años”, dijo.

Sandra Pazmiño Zamora: ‘Dios me dio la oportunidad de regresar a mi hogar’

Esta madre sobreviviente tiene 48 años de edad, está casada con Liwington Márquez y tiene cuatro hijos, Arlington (28) Denisse (27), Cristofer (25), Ilan (21) Márquez Pazmiño y 3 nietos que fueron su motivación para vencer a la COVID-19.

“Aún no sé cómo me infecté pues siempre me cuidé. No solamente me contagié yo sino también mi esposo. Estuvimos una semana con tratamiento en casa, pero el 18 de marzo, mi esposo ingresó al hospital y yo lo hice al día siguiente pues estaba muy mal, saturaba 60, no podía respirar y tenía una tos terrible”.

“Fue muy duro estar en la puerta del hospital Teófilo Dávila y despedirme de mis hijos, ahí se queda el alma, pero finalmente uno se resigna a que se haga la voluntad de Dios”.

“Cuando estuve ingresada por el COVID-19 recién descubrí que he sido diabética, afortunadamente recibí todos los cuidados que una paciente puede requerir, le agradezco mucho a los médicos, a las enfermeras”.

“El COVID-19 te quiebra emocional y físicamente, uno debe aprender otra vez a caminar, a respirar y para eso contábamos con la ayuda de terapistas y también con la atención de psicólogos que estaban pendientes de los pacientes inclusive nos ayudaban con videollamadas para comunicarnos con nuestros seres queridos”.

“Permanecí varios días en hospitalización COVID-19, afortunadamente llegué en el momento preciso pues unas horas más y me hubieran intubado, según me dijeron los médicos. Entré el 19 de marzo y salí el 30, mi esposo también estuvo hospitalizado por cinco días, él salió más pronto porque no tenía enfermedades pre existentes, él siempre ha hecho deporte y su organismo no estaba tan débil”.

“El estar lejos de mis hijos y mis nietos era muy doloroso, me entristecía mucho, pensaba en que sería de mi familia si yo faltaba pues uno como madre es el eje del hogar. Una de mis hijas está embarazada y pensaba en que no podría conocer a mi nieta; me preguntaba por qué me pasó esto si yo me cuidaba tanto”

“Mi familia es cristiana, continuamente me enviaban mensajes, oraban por mí y yo sé que el tiempo de Dios es perfecto, cuando los médicos me dijeron que iba a mi casa lloré, pero de felicidad”.

“Estoy muy orgullosa de mis 4 hijos porque en esos momentos tan duros, ellos se portaron como debían, me siento muy amada por ellos, me lo demuestran, eso es una bendición. Mi familia es mi motor de vida”.

“Cuando regresé a mi casa estaba muy débil, debía caminar con ayuda, pero lo importante es que Dios me dio la oportunidad de regresar a mi hogar pues en ocasiones pensé que no lo iba a lograr”. Además del control de la diabetes, Sandra se recupera de a poco de la falta de movilidad de una pierna. “Lloro mucho, me afecta saber que alguien tiene COVID-19 pues yo viví todo eso; no quiero salir ni recibir visitas ”.

“Mientras uno no lo vive en carne propia o con alguien muy cercano, no sabe la gravedad del problema, las personas deben tomar conciencia pues el cuidado de un ciudadano es el reflejo del amor a su familia; si ama a los suyos se cuida y toma precauciones caso contrario puede llevar el virus a su entorno. Esto ya no depende del control del gobierno sino del sentido común de cada uno de nosotros, de cuanto amamos a nuestra familia”, dijo.

Lelia Correa: ‘Salí de UCI el día de mi cumpleaños, estoy viva por milagro’

Lelia Esperanza Correa Cueva, de 38 años de edad vive en el cantón Ponce Enríquez, pero fue atendida en el hospital Teófilo Dávila de Machala cuando tuvo COVID-19 y otras complicaciones en su salud. Ella tiene 4 hijos, Yuri Durán (22), Michael Durán (20), María Fernanda Gavilanes (16) y Ariana Mendieta Correa (6).

Esta madre recuerda que empezó con los síntomas el 23 de febrero y dos días después acudió al control médico de su embarazo pues estaba en el sexto mes de gestación lamentablemente toda la familia se contagió con el coronavirus.

El 1 de marzo llegó al hospital Teófilo Dávila en malas condiciones, se le practicó una cesárea de emergencia para intentar salvar a la bebé que esperaba con tanta ilusión pero la COVID-19 le arrebató esta esperanza a la familia.

“Estaba muy mal, me vino una hemorragia, es lo último que recuerdo pues los médicos me comentaron después que entré en coma. Estuve muy grave, necesité inclusive de transfusión de sangre, solo tenía el 30% de probabilidad de sobrevivir, mis pulmones estaban muy dañados. Fui intubada el 5 de marzo y así estuve nueve días en los que no recuerdo absolutamente nada”.

Desperté el 14 de marzo, el día de mi cumpleaños. Mi visión era borrosa, no podía hablar por el tubo en mi garganta, estaba muy débil y pasé de 69 a 19 kilos de peso. Lo primero que hice fue preguntar por mi hija, pero las enfermeras me evadían. Después de algunos días una psicóloga me comunicó que mi bebé había fallecido tres días después del parto pues sus pulmones no resistieron, me indicaron que no me contaron antes porque estaba muy débil y temían que tenga una recaída”.

Lelia recuerda “lloraba mucho, un dolor muy grande pero debía ser fuerte por mis otros hijos que me esperaban en la casa. Lo que entendí en ese momento es que Dios tiene un propósito para cada uno, Dios no se equivoca, Él sabe lo que hace”

“Es un milagro que yo esté viva, toda esta experiencia ha sido traumática para mi familia, sobre todo para mi hija menor. Mi esposo pedía muchas oraciones a los miembros de la iglesia a la que pertenecemos, él también estaba enfermo; quien estaba a cargo de la compra de mis recetas y los relacionado con mi atención era mis suegros, unas excelentes personas que siempre me han tratado como a una hija”.

“Cuando estuve en UCI ya recuperándome vi como los médicos atienden a los pacientes, vi a muchos morir, pero también hubo casos en que triunfó la vida. El 17 de marzo me dieron el alta, no tenía fuerzas ni para cargar un sorbete; las enfermeras me daban las sopas en la boca, me trasladaba con silla de ruedas y con oxígeno”.

“Estoy agradecida con todas las personas que oraron por mí, que colaboraron con mi familia. Volver a ver a mis hijos fue una emoción tan grande pues estuvimos muchos días separados. He quedado con secuelas en mi salud, además tengo muchas ganas de llorar pero poco a poco me sobrepongo y ya he retomado las riendas de mi hogar”.

“Debemos valorar la salud cuando la tenemos, el COVID-19 si existe, no es un mito, hay gente que no tiene tanta suerte y muere. Cuiden a sus hijos y a sus madres, siempre estén en oración, el doctor de doctores es Jesucristo, solo Él nos salva de cualquier dolor o enfermedad. Valoren a sus familias”.