OPINION

Tráfico de influencias


Jorge Largo Loayza

En Ecuador y el mundo entero ha quedado claro que el tráfico de influencias ha formado parte de la vida pública. Esta situación únicamente muestra que la meritocracia es un medio para justificar el acceso a ciertas ventajas que permite gozar de privilegios de todo tipo o recibir beneficios, que la mayoría no tiene.

Los mal llamados “contactos “, cobijados por alguien influyente, permiten abrir espacios informales a los “recomendados”, para que estos tengan preferencias en negociaciones políticas o económicas; pactos que lo único que logra, es acumular recursos económicos en beneficio de una persona, que busca siempre mantenerse en la cúspide y mira estas actividades como un acomodo para “sobrevivir”.

Por otra parte, no resulta nada extraño, que el tráfico de influencias usado por un funcionario o por sus familiares cercanos, tanto para beneficio personal o de su grupo privilegiado, es denunciado con la finalidad de establecer precedentes y tratar de eliminar de a poco estos beneficios que surgen con ayuda del poder político y económico. Sin embargo, a veces las investigaciones y los procedimientos caminan lento y las denuncias pasan a ser desapercibidas, incluso perdiendo credibilidad, es por eso que los organismos de control deberían actuar de forma oportuna para eliminar el tráfico de influencias, incluso con las redes de complicidades que siempre existen y que siguen siendo la base de ciertos políticos o funcionarios públicos, que buscan conservar sus aspiraciones.

Es claro que el tráfico de influencias y las recomendaciones no se elimina por voluntad, los nuevos líderes deberían rechazar apoyos informales, que fomentan el intercambio de favores políticos y económicos que son ilegales y que ofenden a la debilitada moral ciudadana; al contrario opten por trabajar con eficiencia y eficacia para lograr resultados positivos ajenos de improvisaciones marcadas por la corrupción.