OPINION

La farándula política


Milton Álava Ormaza

En el mundo de la política a nadie se puede negar el derecho a ser elegido por el pueblo para cargos de representación política, a partir del supuesto de que hay ciertas actividades que no permiten dedicarse al servicio de la causa pública. Pero ni aun la formación universitaria con esta exclusiva finalidad es garantía de idoneidad, y las Constituciones de todos los sistemas democráticos – porque los autocráticos ceden a criterios de selección- han limitado a las raíces geográficas o de nacionalidad los requisitos para optar a esas funciones.

La lista de los cuestionados para esta clase de dignidades es numerosa: deportistas, especialmente futbolistas; cantantes y músicos; presentadores de televisión: artistas de teatro, etc. Los partidos y movimientos políticos los prefieren de candidatos por su popularidad – campaña electoral anticipada,- o por su figura personal – atracción descontada-, pero no saben qué hacerse con ellos si son elegidos.

Actúan casi siempre por su cuenta, porque parten de la premisa de que lo deben a su propia personalidad. Rara vez ocurre que el líder del partido o movimiento es el advenedizo: en Estados Unidos, Reagan, por ejemplo.

El tremendo problema que se ha armado al partido social cristiano con la elección, gestión y muerte intempestiva del prefecto del Guayas es, por desgracia, ilustrativo de este fenómeno. Ese partido acertó en escoger al candidato, pero no al administrador, que se dejó envolver por una red de intereses creados y de influencias grupales que proyectaron la impresión de que había dejado de lado las verdaderas obligaciones de su cargo por resolver asuntos personales. Y al partido que lo eligió no le quedó otra alternativa que desvincularse de él.

Quizá otro hubiera sido el fin de esta historieta si las partes hubieran actuado con mayor sindéresis política.