OPINION

El narcotráfico y la seguridad


Francisco Huerta Montalvo

Hace ya una década le advertí al Ecuador respecto al riesgo de convertirnos en una narcodemocracia y también señalé que la magnitud del narcotráfico evidenciaba complicidades de alto nivel en diversos sectores importantes de la vida nacional, dado que no podrían darse esos volúmenes de movilización de estupefacientes sin contar con el apoyo de autoridades de distinto rango. Ahora es permanentemente visible la penetración de dicha actividad en los más diversos estamentos y por supuesto, también en la política, donde es ostensible el financiamiento de las campañas electorales con dinero de esa procedencia.

El nuestro es un mercado en disputa y ello es visible cotidianamente en las muertes ocasionadas bajo la modalidad del sicariato y en las ejecuciones producidas en las cárceles de toda la República.

¿Qué hacer? Primero que nada, el país debe tener claro el tamaño del problema que enfrenta y cuánto ha comprometido su territorio. El tráfico involucra aire, mar y tierra y las capturas se dan en toda la geografía pero, sin duda, existen unas zonas más afectadas que otras. En ellas deberían concentrarse los esfuerzos.

Siendo el narcotráfico un delito de ámbito internacional es elemental que su combate deba tener una escala semejante, sin que se argumente que hacerlo lesiona la soberanía nacional.

Todos los otros temas que en relación con la seguridad afectan la vida cotidiana y que se asumen con la percepción de un desborde delincuencial, también tienen que ser debidamente ponderados y, aceptando la complejidad de su control, plantear que es imperativo un esfuerzo coordinado de toda la sociedad y sus instituciones, esfuerzo en el que los intereses partidarios deben dejarse a un lado en función de un interés superior.

Así concebidas las acciones por cumplir, es indispensable liberar a las funciones del Estado de la influencia que el dinero o las amenazas de los narcos pueden ejercer.