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Dos venezolanos se convierten en peluqueros de la calle para poder sobrevivir


En la Plazoleta “Santa Marianita”, a pocos pasos del Puente Internacional, que divide las poblaciones de Huaquillas y Aguas Verdes, alrededor de cientos de puestos de comerciantes y cambistas de moneda, dos peluqueros de nacionalidad venezolana se ganan la vida con una rasuradora, un espejo, una mesita y una silla plástica, acicalando a quienes no pueden pagar un salón de belleza.

En la Plazoleta “Santa Marianita”, a pocos pasos del Puente Internacional, que divide las poblaciones de Huaquillas y Aguas Verdes, alrededor de cientos de puestos de comerciantes y cambistas de moneda, dos peluqueros de nacionalidad venezolana se ganan la vida con una rasuradora, un espejo, una mesita y una silla plástica, acicalando a quienes no pueden pagar un salón de belleza.

Hace poco más de 15 días, José Díaz y Julio García, oriundos del estado de Barinas, instalaron su propio negocio, no tienen rótulo, pero se lo puede identificar por un desgastado parasol que cubre a los clientes que llegan a cortase el cabello.

Lo que ganaba como empleado en una peluquería no le rendía. Tampoco podía alquilar un salón por el alto costo. “En un local hay que pagar servicios, acá no”, dice el barbero profesional de 27 años, que de su natal Venezuela, tuvo que viajar 16 días para llegar hasta Huaquillas, su destino era Lima, pero por la situación económica de él y sus dos amigos decidió quedarse, por poco tiempo, en Huaquillas.

“Comencé a trabajar en cosecha de limón y en otros oficios. De aquello logramos reunir dinero. Compramos los implementos de corte de cabello y aquí estamos dando un servicio a la ciudadanía y tener la oportunidad de obtener unos cuantos dólares para poder enviar a nuestras familias allá en el país llanero”, dijo.

Por un corte cobran tres dólares. Su corte de cabello está dirigido a niños, jóvenes y adultos. Reciben entre 5 y 8 clientes diarios. Esto sirve para la comida y ahorro para enviar a sus familiares: madre y hermanos, allá en Venezuela.

José y Julio cuentan que algunos clientes les agradecen haber recuperado la tradición de las peluquerías de calle y reivindican que su barbería le quitó un escondrijo a la delincuencia.

En la Plazoleta “Santa Marianita” en plena frontera y sector popular del comercio informal, los extranjeros resisten a la grave crisis de su país, ahora en Huaquillas haciendo degradados con hojilla y arreglando barbas y cejas. Bajo un desgastado parasol de colores, cuenta que llegó allí después de que dejó la recolección de limones.

Menciona que es una ganga cortarse el cabello en la calle, cuesta menos que en un gabinete o peluquería.

Luis N., cliente de José N. cambista de moneda, se beneficia de la ganga. “Ya no se puede ir a un local, sale muy caro”, dice el cambista 48 años. En un negocio formal tendría que desembolsar 40% de un ingreso básico. También saca provecho María J., quien hizo peluquear a su hijo por $3.00, en una peluquería a cielo abierto de Huaquillas, donde los comerciantes informales conviven con ruidosos vendedores ambulantes.

Los precarios ingresos de los barberos venezolanos se mantienen con fe y firmeza, señalando que lo que hacen es para poder alimentarse, pagar un cuarto para vivir y enviar algo a sus familiares. Este y otras labores siguen el camino de miles de venezolanos que emigran por la situación.