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Don Carlitos, el zapatero que conquistó la frontera


Carlos Montenegro, a golpe de martillo y clavos, conquisto el “andar” de los fronterizos.

Tiene 71 años de edad y 43 los lleva dedicado a reparar calzado, literalmente, “pone a caminar” a los fronterizos, quienes no dejan de visitarlo y buscar sus servicios, pues aseguran que la experiencia que posee, don Carlos Gonzalo Montenegro González, es inigualable.

A Don Carlitos, como cariñosamente lo llaman quienes lo conocen, desde las 8:00 se le ubica en la Av. Machala.

Ahí, en un pequeño kiosco, don Carlitos, empieza su jornada que termina pasada las 18H30.

Ayudado de dos máquinas, una para coser y otra para colocar cierres a los maletines, el espacio que ocupa, se hace pequeño para atender a su fiel clientela.

Si bien los tiempos han cambiado, ello ha dado paso a nuevas tecnologías. Antes se usaba la suela que se traía de Piñas, ahora se usa fibra.

“Diariamente trabajo entre ocho a diez pares de zapatos, eso me da una ganancia de diez a quince dólares. Eso me sirve para la manutención de mi familia. Aún recuerdo que cuando empecé con este oficio ganaba ocho reales, o sea, un Sucre”, recuerda con nostalgia el veterano zapatero.

Don Carlitos es natural de la provincia de Bolívar, cantón Guaranda. Llegó a Huaquillas a la edad de 28 años, junto a su madre Dolores, a visitar a su hermano Juan Montenegro quien ya tenía buen tiempo vivienda es esta parte de la frontera sur de nuestro país.

“Jamás pensé en quedarme. Aquí en Huaquillas conocí muchos amigos y de pronto ante la necesidad de trabajo, opté por coger un martillo, clavos y pegamento e iniciar el trabajo de zapatero que me enseñó un señor Cárdenas, allá en mi tierra. Aquí en Huaquillas lo perfeccioné con don Juan Bermeo”, relata.

Es padre de dos hijos y vive en la Ciudadela “18 de Noviembre”, entre Guayas y Junín. Sus hermanos son: Carmen, Rosa, Norma y Juan.

Tiene seis nietos y un bisnieto. Don Carlitos se siente orgulloso de haber formado a algunos zapateros en Huaquillas. De los que se iniciaron con él, allá por el año 1975 ya han fallecido.

Su primera renovadora de calzado fue “Rapidol”, ahí tuvo miles de anécdotas, el veterano zapatero que, a golpe de martillo y clavos, conquistó el “andar” de los fronterizos; lugar donde más de un ciudadano solicitaba sus servicios.

Desde hace 30 años es integrante de la Asociación de Artesanos y asegura que, el ser zapatero, es la mejor profesión que aprendió de la cual aún se siente orgulloso.