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9 de Octubre de 1828: hace 190 años, un escuadrón peruano incursionó en Machala


El escuadrón que el 9 de octubre de 1828 atacó Machala, provenía de la fragata peruana Prueba.


Por Nécker Franco y Gabriel Fandiño

La agresión armada de 1941 no fue la primera que sufrió Machala a manos de soldados peruanos: hace 190 años, en los días 9 y 10 de octubre de 1828, la villa fronteriza soportó la invasión de su suelo por parte de tropas del vecino país.

Aquella primera agresión tiene su origen en los días finales de agosto de 1828, cuando naves peruanas se presentaron en las aguas del golfo de Guayaquil. La guerra entre la Gran Colombia y el Perú daba inicio.

La corbeta de guerra peruana Libertad navegaba ofensivamente entre la costa de Tumbes y la Isla del Muerto, frente a Jambelí. Desde Guayaquil se presentaron las naves colombianas Guayaquileña y Pichincha. El día 31 de agosto dio inicio el combate, en la llamada punta de Malpelo, frente a Tumbes. El encuentro consistió principalmente en disparos de cañones entre los buques, llegando a estar tan cerca la Guayaquileña y la peruana Libertad que desde las dos cubiertas se hacían tiros de fusilería. El fuego cruzado dejó bajas en ambas tripulaciones. Las naves colombianas fueron las más comprometidas en sus estructuras y quedaron fuera de combate. Eliminada la defensa marítima en el golfo, el Perú pudo ejercer un bloqueo efectivo desde Machala hasta las costas de Panamá.

Los peruanos establecieron su base de operaciones en la isla Puná. Desde la fragata peruana Prueba (52 cañones, y 295 hombres de tripulación) fueron despachadas embarcaciones menores con oficiales y soldados para atacar las indefensas poblaciones ribereñas entre el golfo de Guayaquil y el canal de Jambelí.

Anteriormente, y previendo estos sucesos, el intendente en Guayaquil dio avisos al coronel italiano Cayetano Cestari, comandante militar de la villa de Machala, para “que tome todas las medidas necesarias a fin de evitar cualquier invasión que pueda ocurrir en este lugar”. En aquel momento, el entonces juez político de Machala, Mariano Franco, se comprometió “a darle todos los auxilios necesarios a dicho señor Cestaris (sic), poniendo a su disposición toda la gente que comprende este cantón”

Veinte meses transcurrieron desde aquel aviso. Ya sea que no perduraron los auxilios dados a Cestari (en la segunda mitad de 1828 todo hombre capaz de luchar se hallaba en los cuerpos que acantonaban en Guayaquil o el Austro), lo cierto es que Machala se encontraba desprotegida.

Llegaron los primeros días de octubre de 1828. Desde Machala, y con destino a Guayaquil, marchaba el oficial del estado mayor colombiano, Manuel Barrera, acompañado por dos soldados. Cestari le encargó cierta correspondencia para su amigo el general Illingworth. A la par y desde la misma villa el italiano despachaba a dos sujetos que respondían a los nombres de Pablo Soler e Ignacio Cabanilla, ambos prisioneros “porque había proyectado el primero matar y saquear en este pueblo, asociado a algunos bribones de Pagua, y el segundo, por sus vicios y provocaciones”. Los reos y su respectiva escolta debían hacer escala en las poblaciones de Balao y Naranjal antes de llegar a su destino final, la ciudad de Guayaquil, donde debían ser procesados.

El oficial Manuel Barrera y los soldados que lo acompañaban viajaban por ruta fluvial a Guayaquil, pero fueron interceptados a la altura de la boca del río Balao, el 6 de octubre, por una de las partidas invasoras que merodeaban las aguas del golfo. El oficial peruano al mando, el teniente 2° Manuel Sauri, les decomisó los fusiles y la correspondencia del coronel Cestari.

Entre tanto, los prisioneros remitidos por Cestari llegaron a su primera escala, el poblado de Balao, el día 7 de octubre. El responsable de aquel caserío, José Cipriano Santos, se vio de repente con un problema entre manos, pues en la siguiente escala de los reos, el poblado de Naranjal, no había quien los retuviera por encontrarse su comandante cautivo de los peruanos. A Santos no le quedó otra alternativa que la de resguardar a los dos presos en su casa mientras decidía qué medidas debía tomar.

Al día siguiente se presentaron también allí los peruanos del teniente Sauri.

En agradecimiento por su liberación, Pablo Soler e Ignacio Cabanilla pusieron en conocimiento de los invasores la supuesta existencia de miles de pesos en contribuciones en la cercana villa de Machala. También señalaron que el poblado estaba indefenso.

Ante ello, el teniente Sauri tomó la determinación de presentarse en Machala. Lo hizo sigilosamente en la entrada marítima de la villa el día 9 de octubre de 1828 a las 9 de la noche, acompañado de cuarenta granaderos y veinticuatro marineros armados, cuatro oficiales y seis tripulantes. Ayudados por los dos exprisioneros, expertos conocedores del territorio, sorprendieron a los dos vigías del sitio. El juez político Mariano Franco y el administrador de correos fueron inmediatamente hechos prisioneros. Los peruanos también traían la orden de capturar al comandante militar, el coronel Cestari, y se dieron a la tarea de buscarlo.

Cestari había dado órdenes de “retirar y ocultar los intereses del vecindario”. Al no contar con soldados para repeler el ataque, y estando muy enfermo de fiebres, tuvo que parapetarse en las orillas del pueblo.

A la mañana siguiente los peruanos examinaron cuidadosamente los dineros públicos, descubriendo que el cálculo de los traidores Soler y Cabanilla era exagerado: lo colectado en todos los ramos sumaba apenas 69 pesos con tres reales. Sauri, ofuscado por la fuga del administrador de las sales, quien habría llevado consigo el dinero colectado de aquel ramo, mandó a abrir las bodegas de sal, ordenando al pueblo llano que saqueara las existencias. La reserva de aguardiente, en cambio, fue retenida para la tropa.

Sauri no desistió de dar caza al italiano, por lo que consiguió caballos y formó un piquete de búsqueda mandado por uno de sus oficiales. Por su parte Cestari se había repuesto de sus fiebres: les preparó una emboscada en las afueras del pueblo y los recibió a tiros, consiguiendo matarles una bestia.

El machaleño Mariano Franco cuenta el final de aquella incursión peruana: “Antes de marcharse me mandó el comandante de la partida poner un oficio al vicealmirante peruano, exponiéndole que había conservado este el orden en el pueblo, y que no se le había hecho daño a los vecinos, y al mismo tiempo felicitándole; a lo que tuve que ceder, porque me amenazó que de no hacerlo, me llevaría a bordo de la Prueba”.

Este episodio culmina con Sauri y sus peruanos retirándose derrotados desde Machala; decimos derrotados pues, primero, por ordenes de Cayetano Cestari, los habitantes habían ocultado todo lo que tuviera valor (de ahi que Sauri abandonara la villa con un pobrísimo botín) y segundo, no habían podido apresar al comandante Cestari. La solitaria resistencia del italiano y la preservación de su libertad eran un hecho inédito en aquella guerra, pues durante las incursiones peruanas, los comandantes de las pequeñas poblaciones del golfo caían prisioneros o muertos.

Tal fue la historia del 9 de octubre de 1828 en Machala. Este capítulo corresponde al libro “Cayetano Cestari Barbieri, guerrillero de Sucre”, de Necker Franco y Gabriel Fandiño, próximo a publicarse).