OPINION

¡Uf, el deber!


De mi vida de docente activo atesoro un bagaje de recuerdos. Uno de tantos es la experiencia en la recepción de los deberes. Evoco los rostros alegres de los alumnos cumplidos y, otros cabizbajos, de los incumplidos. Aún percibo las conductas reactivas de algunos que parecían susurrar: ¡Uf, el deber! Y no sé cómo

De mi vida de docente activo atesoro un bagaje de recuerdos. Uno de tantos es la experiencia en la recepción de los deberes. Evoco los rostros alegres de los alumnos cumplidos y, otros cabizbajos, de los incumplidos. Aún percibo las conductas reactivas de algunos que parecían susurrar: ¡Uf, el deber! Y no sé cómo, de manera disimulada, se las ingeniaban para tratar de cumplirlos. Sin duda, era el compañero “solidario”, quien les facilitaba el deber para que lo copien. Mientras avanzaba en el orden alfabético de la nómina, era de ver la inquietud, en especial de aquellos cuyos apellidos estaban al final de la lista.

Llegado el momento, solicitaba el deber. Con caritas risueñas, medio nerviosos, preocupados de no haber sido descubiertos, acudían al llamado. La presentación no era excelente, pero los resultados estaban correctos y merecían una justa calificación. Al encaminarse a sus respectivos asientos, podía notar que se habían quitado un peso de encima. Aquella era una costumbre casi cotidiana de los docentes del ayer. En un extremo, la autoridad del aula recibiendo los trabajos y, más allá, una especie de angustia que consumía a los alumnos. Esta rutina hasta hoy se la practica, con innovaciones en homenaje a la época, pero siempre bajo la supervisión del enfoque ecléctico de nuestro sistema educativo.

Este legado tradicional de nuestra educación no se puede excluir en su totalidad. No obstante, el deber tiene pertinencia dentro de un marco educativo que equilibre las necesidades entre los miembros de la trilogía pedagógica. Si se lo envía en forma copiosa y sin previa planificación vendría a semejarse a la labor de un obrero a quien se obliga a trabajar más de la cuenta, (tiempo), en algo no estipulado con anterioridad, (sin previsión). Así mismo, no se debe sobrecargar al alumno con tareas para la casa, sin que se hayan fijado objetivos concretos de evaluación y se considere el tiempo a emplearse. No basta que solo sirva para plasmarse como indicador en el registro del docente mediante una nota en la escala del 1 al 10.

Por otro lado, se debería analizar el contexto sociocultural del alumno. Una realidad está a las claras: el nivel académico, en gran mayoría, de los padres y madres de familia en el ámbito fiscal es muy elemental, razón obvia por lo que no se secunda el propósito del docente. Está por demás decir que ellos son los agentes más comprometidos en la educación no escolarizada de sus hijos. Siendo así, se hace imprescindible que se agote al máximo el tiempo en procesos didácticos intraclase, especialmente en lo que atañe a Matemática y Lengua, dos áreas de estudio fundamentales en el aprendizaje que requieren explicaciones metodológicas del docente. Por ende, el deber se constituye en la herramienta que suplirá la ausencia del docente, en tanto y en cuanto, sea necesario para reforzar conocimientos, inteligibles y asimilables, en las páginas de un libro o a través de medios tecnológicos.