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Con sus propias voces: el imaginario de la comunidad de Molleturo


De pequeño Ángel Puin caminó por el Cajas y por su natal Molleturo. Siempre acompañado de mayores, caminantes o trabajadores que le contaban algún cuento, un mito o alguna leyenda. La particularidad era que cada uno aseguraba ser el protagonista de su relato.

De pequeño Ángel Puin caminó por el Cajas y por su natal Molleturo. Siempre acompañado de mayores, caminantes o trabajadores que le contaban algún cuento, un mito o alguna leyenda. La particularidad era que cada uno aseguraba ser el protagonista de su relato.

Al escucharlos, una y otra vez, su imaginación podía volar. Se enamoró de cada historia y, cuando creció, decidió recopilarlas. Era su sueño: poder plasmar la tradición oral que, desde que tiene memoria, había escuchado.

También le apasiona mostrar esas tierras no solo con sus bondades físicas, sino también con la magia que hay desde su historia y cultura. De seguro después de leer la ‘Antología de los cuentos, mitos y leyendas de El Cajas y Molleturo’ nadie podrá ver esos caminos de la misma manera.

Cuando decidió armar este libro, uno de los cuatro que ha escrito, registró los nombres y apellidos de sus informantes, se dio a la tarea de recopilar sus fotografías y plasmarlas en las páginas.

“Quería que quedara constancia de que cada relato es real, no fue que yo me inventé. En mi tierra hay personas que aún se mantienen en el pueblo, otras que han fallecido; todas han experimentado estos hechos que, para algunos, podrían resultar increíbles”, relata Puin.

Además, es evidencia de que en esta fecha, con los avances tecnológicos, las creencias religiosas y el escepticismo que caracteriza a algunos hay personas que siguen contando estas historias como parte del imaginario colectivo de este pueblo, que además cuenta con una innegable herencia ancestral e increíbles vestigios arqueológicos cañaris e incas.

Experiencias

En la página 61 del libro, Puin plasma la experiencia de Sebastián Chuñir. Era un campesino a quien el autor recuerda como un hombre alegre y amante de la música. “Su flauta no podía faltar en la cintura y tampoco el medallón colgado en su pecho con un hilo de cabuya”, refiere el escritor.

El hombre siempre viajaba de Cuenca a Naranjal, iba en sus acémilas para su finca en el sector de los Olivos en donde tenía su finca y allí buscaba guineos, café y miel. En uno de esos viajes se le hizo tarde, estaba pensando en quedarse y marcharse al día siguiente, por la mañana.

Pero recordó que era sábado y debía rezar el rosario con sus hijos y su esposa, doña Crecencia. Así que emprendió la vuelta ese mismo día. Cuando pasaba por el Caserío de Luz María, a pocos kilómetros de su casa, las acémilas empezaron a relinchar y se negaban a seguir.

Chuñir supo que eran malos espíritus los que había en el camino, de inmediato amarró a los animales, sacó su flauta y empezó a tocar. “Era así como espantaba a los malos espíritus”, profundiza Puin.

La melodía atrajo a unos perros, que salieron del bosque, eran brillantes y bailaban en dos patas al escuchar la música. Cuando terminó de tocar la flauta, los perros empezaron a ladrar fuerte, como pidiendo más música al tiempo que se acercaban para tratar de morderlo, pero no podían llegar hasta él.

En ese momento, le relató Chuñir a Puin, salió un hombre del bosque. Era grande con un látigo y una enorme red en forma de cesta, golpeó el suelo con el látigo tres veces y el sonido asustó a los perros que se quedaron tranquilos y en ese momento el hombre dijo:

“Ven, esta carne está fresca y conservada, pero imposible para comer, además lleva en el pecho un crucifijo de Dios en forma de medalla, y por tal motivo no nos pertenece”, los perros se fueron y Chuñir pudo seguir su camino.

Esta historia se la contó a Puin el cuatro de enero de 2009, quien falleció hace poco, pero su historia sigue viva en el libro del escritor e historiador.

“Si en todos los cantones, parroquias y pueblos del Azuay hubiera alguien que se interesara por escribir la herencia oral de los mayores, nuestra cultura sería mucho más reconocida, plantea Puin.

La mujer que venció al oso

Puin también comparte la historia de Balbina Fajardo, campesina que vivía en el caserío Balao Chico, de la parroquia Molleturo, criaba toros, vacas y sembraba. No había nada que un hombre hiciera que ella no pudiera.

Describe el autor que era robusta y fortachona. Durante varios días encontró a varios toros y vacas muertas. “Se la habían comido, parecía un gran animal salvaje”, le relató Fajardo a Puin por lo que se cansó de la situación. De inmediato, decidió ir a casa de don Luchito y para perdirle su fusil.

“Quería acabar con la vida de lo que fuera que estaba matando su ganado”, precisa el historiador y, aunque el dueño del arma dudó en prestársela, al final accedió. La mujer, estuvo en vela por la noche, puso sus rodillas en tierra y agarró el fusil.

La brisa golpeaba su rostro y empezó a hacer un frío que penetraba en los huesos. Empezó a sentir miedo, pero recordó que los animales pueden sentir el temor de los humanos y se tranquilizó. De repente, apareció un gran oso, más grande que cualquier ser humano y ella acabó con él.

“Desde entonces, ningún animal volvió a sus tierras”, concluye Puin, quien la conoció en el caserío Agua Rica en 1990, a sus 120 años vivía en el caserío de Zhin Alto, parroquia Chaucha.