OPINION

Bomberos: Los nuevos fuegos


En el viejo Guayaquil, los enemigos eran las enfermedades: fiebre amarilla por ejemplo; los piratas que nos asaltaron varias veces; los incendios que nos persiguieron hasta bien entrada la república. Otras plagas eran de menor importancia, tal cual los falsificadores de moneda a los que Rocafuerte reprimió con su proverbial energía.

En el viejo Guayaquil, los enemigos eran las enfermedades: fiebre amarilla por ejemplo; los piratas que nos asaltaron varias veces; los incendios que nos persiguieron hasta bien entrada la república. Otras plagas eran de menor importancia, tal cual los falsificadores de moneda a los que Rocafuerte reprimió con su proverbial energía.

Ahora, aunque siempre hubo, tenemos nuevas enfermedades sociales, como la corrupción desbordada que nos aflige. La única vacuna conocida para producir inmunidad es no tolerar la impunidad pero, la década pasada nos tomó con la guardia baja y los corruptos han hecho su agosto en todos los meses. Montaron un sistema mafioso inmejorable. Los informes de Contraloría los favorecían al gusto y necesidad de quienes recibían las “propinitas”. Y si algo fallaba, la administración de justicia y la Fiscalía estaban prestas a enderezar entuertos. Tuvieron hasta respaldo presidencial, señalando que las coimas que pudieron identificarse provenían de “acuerdo entre privados”. Con un discurso para Premio Nobel de cinismo, se llegó a expresar que dichos sobornos no perjudicaban al Estado, puesto que salían de las ganancias de los empresarios corruptos. Así estábamos... y en eso llegó Lenín quien, para sorpresa de todos, ha decidido contribuir a esclarecer la oscura noche seudorevolucionaria. (Queda para la historia aquello de que “llaman revolución a cualquier pendejada.”) (Fidel, de visita en el Chile de Allende, también decidió callar al bullicioso griterío de unos exaltados universitarios que gritaban: revolución, revolución, pidiéndoles que se callen “aquellos que estaban haciendo gárgaras con la palabra revolución”.)

Ocurre que la dichosa palabra es algo serio. Como incendio. Necesitamos bomberos para apagar el fuego del narcotráfico. El del acoso y la violación a nuestros niños y a nuestras mujeres. El de las drogadicciones que esclavizan a nuestros jóvenes. El de la falta de empleo que los llena de desesperanza. El del déficit habitacional que les frustra toda posibilidad de enfrentar su propio destino. Hay mucho que hacer por los jóvenes y los niños.