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Conozca la historia de un grupo de mendigos

Tras la pista de la indigencia

“Manuel”, se ubica todos los días en los bajos de la Casa de la Cultura a la espera de alguna ayuda de la gente

Investigación y fotografías: Otita Napa, Vicente Eras, Adrián Álava, Mayra Soto, Fernando Jumbo, estudiantes de Cuarto año de Comunicación Social de la UTM.

Machala, como el resto de cantones de El Oro, alberga a compatriotas de las diferentes provincias del austro ecuatoriano (Azuay, Loja, Guayas, pero a consecuencia de la inmigración, de manera especial del sector rural, en las últimas décadas, esto ha generado una sobrepoblación en la ciudad, y producto de esta realidad se ha dado el aumento de los barrios suburbanos.

Estos barrios no cuentan con los servicios básicos, limitando a sus habitantes para que vivan dignamente; esto, por no contar con la debida planificación de una solución habitacional.

No importa el lugar ni el clima para apostarse. Un niño regala una moneda a esta persona discapacitada en las calles Junín y 25 de Junio.

No importa el lugar ni el clima para apostarse. Un niño regala una moneda a esta persona discapacitada en las calles Junín y 25 de Junio.

Y es que, quienes vienen del sector rural a la ciudad, tienen que enfrentar un sinnúmero de problemas.

Entre ellos la sobreexplotación; la misma que se da porque la necesidad combinada con la ingenuidad de estas personas, hacen de ellos presa fácil de gente inescrupulosa, que los ve sólo como una herramienta de trabajo.

Basta con caminar por las calles céntricas de la ciudad, para darnos cuenta de una realidad latente, pero invisible para quienes ostentan el titulo de autoridades de Gobierno, e incluso ministerios que trabajan en el ámbito social. Niños, jóvenes, adultos, ancianos y personas con discapacidad.

Todos ellos arriesgando sus vidas por algunos centavos.

Personas de otras provincias, especialmente de la Sierra e inclusive del Perú.

Es el caso de un grupo de personas de la tercera edad, provenientes de Penipe-Chimborazo; “María”, “Rosita”, “Manuel” y “Jacinta”, ellos dicen haber venido hace un mes, porque ya no tienen como sobrevivir debido a la emanación de ceniza del volcán Tungurahua.

Sus plantaciones y animales fueron pereciendo, por lo que se vieron obligados a tomar un carro y luego subirse a un bus con dirección incierta.

Mas su destino fue la ciudad de Machala. Según nos cuenta “María” -nombre ficticio-, ella es vecina de sus tres compañeros que forman una familia.

Son personas humildes, que sumidos ahora en la pobreza, se ven en la necesidad de pedir ayuda en las frías veredas de la ciudad.

Quisimos saber cual es su itinerario, y vaya que fue una experiencia indescriptible. Desde muy temprano en la mañana salen del lugar provisional por el cual pagan 35 dólares el mes.

Se dirigen al centro de la ciudad. Manuel decide ubicarse en los bajos de la Casa de la Cultura y en la vereda del frente “María”.

Sí, y es que cada uno se cuida, de igual manera lo hace sus dos compañeros más, los que se ubican en la otra cuadra. No les importa el polvo, el ruido o el calor sofocante de estos días. Para ellos está claro que deben reunir dinero para alimentarse.

Al mediodía se reúnen y cualquier sitio es bueno a la hora de conseguir algo para comer.

“Manuel” con “Rosita”, se acercan a un comedor mientras “María” y “Jacinta” aguardan a escondidas tras un poste.

Luego de esperar un buen rato, consiguen su objetivo.

Descansan un poco en uno de los portales de un centro comercial. Mientras las miradas de los transeúntes disimulan que no los ven y prefieren distraer su mirada a cualquier lugar.

El resto de la tarde pasan a ocupar otro sector.

Esta vez en las calles Sucre y Páez, extienden su sombrero cual testigo mudo de tantas peripecias que tienen que sufrir estas personas. Son las 19h00, hay que retornar a su lugar de descanso.

Pero, en el trayecto a la casa, ellos se las ingenian para conseguir la merienda.

Recurren a la misma idea de enviar a “Manuel” y “Rosita”.

Con la particularidad de que los lugares a donde van a pedir ayuda, ya son conocidos.

Según Patricio Narváez, quien tiene un comedor en las calles Pichincha y Colón, en el poco tiempo que los conoce, él los ayuda con lo que puede. Continúan su trayecto, llaman y les regalan una funda de panes, en otro lugar una lata de atún, etc.

Claro que lo descrito parecería fácil, pero no es así.

“Rosita” sufre discapacidad, en cuyo rostro se refleja la inocencia y la incertidumbre al no lograr comprender el por qué de esta triste realidad. Luego de un largo caminar llegan a su lugar de descanso.

Son ya las 21h00, ingresan a su mundo en el que solo cuentan con lo básico para sobrevivir.

Para ellos, no es nada fácil conducirse en la ciudad.

Extrañan su tierra, el campo, el contacto con la naturaleza, sus amigos, familiares.

No saben hasta cuando estarán aquí, pero de lo que sí están seguros es de que la única manera de sobrevivir es pidiendo ayuda en las calles.

Varias personas que los ven a diario indican que son poco comunicativos, pero muy nobles.

Indican que no se puede concebir que haya tantas fundaciones que brindan ayuda social y no exista una que se preocupe por los indigentes.

Ahora cuando la ciudad tiene otra imagen, se debería tomar alguna medida, no para ocultarlos, si no más bien que se les brinde la

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