Una cita para cambiar el rumbo
Vicente Echerri
Las elecciones parciales del próximo domingo en Venezuela servirán no sólo para medir la popularidad del presidente Chávez –que, según encuestas y analistas, cuenta aún con bastante respaldo pese a la mengua del número de sus simpatizantes en el último año– sino también para probar si la oposición ha aprendido a superar en verdad sus diferencias para poder enfrentarse eficazmente al chavismo.
Por lo visto, la oposición ha logrado consolidar a sus candidatos en un frente único en casi todos los estados y alcaldías que se disputan; pero el casi deja abiertas las candidaturas a dos gobernaciones, donde no ha habido consenso, así como a varios municipios, entre ellos el importantísimo ayuntamiento capitalino de Chacao, lo cual denota que las ambiciones personales y la urgencia de protagonismo y notoriedad de algunos líderes opositores siguen primando frente a la necesidad perentoria de Venezuela de contrapesar la fuerza del gobierno central.
El patriotismo contiene una gran dosis de renuncia, y uno querría ver a la oposición venezolana animada de un espíritu aún más patriótico casi en vísperas de esta consulta electoral de la cual Chávez podría salir muy debilitado.
La prohibición oficial de hacer encuestas de opinión la semana que precede a los comicios dificulta necesariamente los pronósticos y nos deja a todos un poco a oscuras sobre los resultados, es decir, librados a la especulación, en tanto facilita el fraude electoral de parte del oficialismo, que ya ha dado muestras anteriormente de su falta de escrúpulos.
La posibilidad de que los agentes de Chávez hagan trampas en las elecciones es directamente proporcional a la desesperación que ha mostrado el presidente en esta campaña en que se esperaría de parte suya una cierta neutralidad, dado que su puesto no está en juego.
Sin embargo, lo que hemos visto en los últimos meses es la acentuación de la ya notable plebeyez de su discurso político en el que no ha escatimado insultos para sus adversarios y para los disidentes de su propio partido.
Aun si Venezuela bajo el gobierno de Chávez fuese un país cada vez más libre y próspero, la agresiva ordinariez del presidente, la jerga soez a la que apela de continuo para congraciarse con los elementos más bajos de la sociedad y su talante de facineroso bastarían para desear que desapareciera –vivo o muerto– del escenario político y de la vista del mundo.
No es difícil entender la vergüenza que sienten muchos venezolanos de la incontenible verborragia y los grotescos ademanes de este enfático mequetrefe que, por comparación, hace parecer a Fidel Castro un caballero.
Esa sola vergüenza debería ser suficiente para unir y acaudillar a la oposición.
Las elecciones de este 23 de noviembre son decisivas para el futuro de Venezuela y, sin exagerar, para el de toda la región.
El llamado ‘’socialismo del siglo XXI’’, desacreditado de origen como un fórmula políticamente opresiva y económicamente ineficaz, puede empezar a morir ese día. Los venezolanos deben desechar cualquier derrotismo o apatía y movilizarse masivamente no sólo para votar, sino también para exigir que se respete su voto. El rumbo de todo un continente depende de ello.

































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