Qué pena Jefferson
Lcdo. Martín Zambrano Astudillo
A ningún ecuatoriano le resultará difícil reconocer que nunca antes las páginas deportivas de este pequeño gran país se habían llenado de tanta gloria como resplandor, y todo gracias al valor disciplinado de un admirable devorador de las modernas competencias peatonales (por graficar simbólicamente a la disciplina olímpica de la marcha), nacido en la hermosa ciudad serrana de Cuenca.
Si, la mayoría de los ecuatorianos -sino todos- que le han seguido en sus competencias, especialmente los pobres y explotados del país, se han regocijado de los triunfos permanentes que ha logrado este excepcional y joven atleta en las competencias internacionales y mundiales relativas a la disciplina olímpica de la que es un consumado cultor y maestro.
Dicho de paso, disciplina deportiva de la Marcha que nunca fue considerada de importancia competitiva hasta antes de su protagonismo.
Si, Jefferson Pérez se constituyó, por sacrificio y esfuerzo propio, en esa figura universal que atrajo la atención de los ecuatorianos y deportistas sin recursos y que indirectamente les motivó a tener fe tanto en sus habilidades como en sus valores personales, demostrándoles que nada más vence el espíritu humano que una mente derrotista.
Un atleta que nos hizo sentir que cualquiera podía convertirse, si se proponía, en un campeón de sus propias cualidades o habilidades sin importar la suprema indiferencia y despreocupación de las dirigencias deportivas, o de los gobiernos más preocupados por sus arrebatos neoliberales que por la realidad sociocultural, deportiva y económica de este país empobrecido por las consignas del FMI (Fondo Monetario Internacional). Todo ese vértigo de esperanzas le debemos a este cuencano sobresaliente.
Pero QUE PENA JEFFERSON PEREZ que después de probar los sinsabores de aquellos inmensos e invalorables esfuerzos y sacrificios personales, hoy juzgues un proyecto político de corte socialista que apunta justamente a brindarle a la clase explotada y de pocos recursos, así como a los cultores de habilidades y cualidades físicas e intelectuales, la materialización de esas esperanzas que nos dibujaste con tu personalísimo empeño desde tus inicios deportivos. ¿Acaso olvidaste en un par de días la anécdota que tu mismo evocaste; la de aquellos aniñados despreocupados y orgullosos de tu ciudad natal, hijos de Mami y Papi, que se burlaron de tus ensayos atléticos y a los que tuviste que enfrentar a puños para ganar su respeto.
A aquellos que juraste se acordarían de ti porque serías el mejor del mundo en la disciplina olímpica de Marcha?




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