Callar la realidad
Rubén Darío Buitrón
“La mejor manera de entender a una sociedad es leyendo la crónica roja”.
Es una frase del escritor uruguayo Eduardo Galeano, quien en El libro de los abrazos, texto de bellas cotidianidades, habla así de Los Nadies:
“Los hijos de nadie, los dueños de nada, los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos. Los nadies, que no son, aunque sean. Que no tienen nombre, sino número. Que cuestan menos que la bala que los mata. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja…”.
Bien escrita, bien contada, usando técnicas literarias, la crónica roja es el género clave del buen periodismo.
Rubem Fonseca, notable narrador brasileño contemporáneo cuyas novelas desnudan los nexos entre la corrupción política, el sexo y el crimen, construye historias y personajes de crónica roja.
La cleptómana Nora Rubi, por ejemplo, cuenta así su drama en el libro Ella y otras mujeres:
“Dicen que es mejor aprender de la desgracia de los otros que de la nuestra. Pero yo lo aprendí todo partiéndome la cara. Dicen que es más comenzar un romance que terminarlo. Pero solo aprendí que antes de empezar una aventura debemos saber el modo de salir de ella después de ser acribillada por un amante sicótico. Es un error pensar que Dios está de nuestro lado. No lo está. Vi una película en la que el Diario dice que Dios es un dueño negligente, deja que se caiga a pedazos la casa donde vivimos. Yo creo que si en realidad existe, está pensando en otras cosas y no en nosotros”.
Otro personaje, el emblemático doctor Mandrake, abogado alcohólico, fumador de puros y experto en investigar crímenes sórdidos, afirma que “el personaje más importante en la investigación de un crimen es la víctima. Tiene siempre una historia que que contar”.
Y añade:
“En el mundo de los pensamientos, las sospechas son como murciélagos, vuelan siempre en el crepúsculo y deben ser reprimidas o, al menos, bien vigiladas: impulsan a la tiranía, los celos, la indecisión y la melancolía. En tanto menos sabemos, más sospechamos”.
Mientras los maestros de la literatura elevan el relato policial a los más altos niveles estéticos y lo convierten en implacable testimonio de denuncia social, el gobierno ecuatoriano dicta una medida que prohíbe a la Policía entregar a periodistas grabaciones de imágenes o fotografías tomadas en morgues u hospitales de personas fallecidas o heridas en crímenes o accidentes.
Según las autoridades, la crónica roja es “apología del delito” porque contribuye a crear “un falso clima de violencia, atenta contra la dignidad humana y crea una falsa percepción de inseguridad”.
Es un novedoso acto de magia: si la prensa desaparece la violencia, en la realidad desaparecerá la violencia.
Si la prensa no informa sobre inseguridad, no habrá inseguridad.
Tan ingenuo como pensar que se puede tapar el sol con un decreto. O tan maquiavélico como callar la realidad para que la sociedad crea que las cosas están cambiando.




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