El nuevo desafío iraní
Desde hace varios años, la comunidad internacional –en especial las principales potencias occidentales– ha realizado enormes esfuerzos por desarrollar vías diplomáticas que frenen el programa nuclear iraní.
El motivo está de sobra justificado: aunque su régimen teocrático insiste en que el desarrollo nuclear tiene propósitos estrictamente civiles, existen abundantes indicios de que los objetivos son militares.
A esto se añaden el extremismo de un importante sector de sus dirigentes, sus nexos con grupos terroristas y las reiteradas declaraciones del presidente, Mahmoud Ahmadinejad, en contra de la existencia de Israel.
Esos esfuerzos han oscilado entre presiones simbólicamente importantes, pero prácticamente inoperantes, como las sanciones impuestas a Irán por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, los incentivos de parte de la Unión Europea (UE) y, últimamente, los cinco miembros permanentes del Consejo (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Gran Bretaña) más Alemania.
La última oferta se produjo el mes pasado, y consiste en un generoso paquete de medidas económicas, políticas y energéticas, a cambio de que suspenda el enriquecimiento de uranio.
Hasta ahora, la única esperanza es que el Gobierno iraní no ha rechazado la propuesta, y se espera que, en algún momento de este mes, su principal negociador tenga un encuentro con Javier Solana, representante de política exterior de la UE, para discutir al respecto.
¿Qué saldrá de esto?
Es algo imposible de predecir.
En medio de este ambiente de expectativas, la semana pasada Irán acudió de nuevo a las provocaciones militares directas, al realizar pruebas de misiles de mediano alcance (hasta 2.000 kilómetros), que podrían llegar fácilmente a territorio de Israel y a numerosas bases estadounidenses en la zona.
Para empeorar las cosas, este desplante coincide con recientes ejercicios militares y declaraciones de altos funcionarios israelíes, que han dejado ver la posibilidad de un ataque preventivo contra las plantas nucleares de su archienemigo, lo cual ha creado aún más confusión y alarma.
Una acción militar israelí tendría consecuencias catastróficas para la estabilidad del Medio Oriente.
Pero una continuación del programa atómico iraní, sumada al desarrollo de misiles para, eventualmente, transportar cabezas nucleares, resulta inaceptable.
Lo único positivo, en medio de este preocupante entorno, es que Estados Unidos no parece favorecer los propósitos bélicos de Israel, lo cual constituye un fuerte elemento disuasivo para el Estado hebreo, y que la capacidad técnica iraní es insuficiente para producir armas atómicas a corto plazo.
La Nación - Costa Rica




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