El sueño europeo

Los sueños, según nos enseñó Freud, se encargan de satisfacer imaginariamente nuestros deseos inconscientes para asegurar nuestro descanso nocturno.

Son un mecanismo narcótico que de vez en cuando –si nuestros conflictos íntimos resultan demasiado enconados– desembocan en pesadillas que nos desasosiegan. Entonces, despertamos.

A muchos europeístas convictos y confesos que hemos siempre creído que España era el problema y Europa la solución, a quienes hemos apoyado la fallida constitución europea pese a lo mucho que difería de nuestros mejores anhelos, a los defensores de la unión europea a pesar de Kósovo y del resto de los pesares… se nos está poniendo cada vez más difícil conservar la placidez de nuestro sueño.

Queremos dormir, dormir a despecho de los truenos, como pedía el desdichado y culpable Macbeth: pero resulta cada vez más difícil y muchos tememos que el sueño acabe convirtiéndose en pesadilla. Es decir, que tengamos que despertar.

Aún peores auspicios rodean a la cuestión candente de la inmigración.

Sin duda no es tema que pueda resolverse meramente con buena voluntad humanitaria –hay que acabar con las mafias que se aprovechan de los vacíos legales, el descontrol de los flujos migratorios se convierte en pábulo de los peores movimientos xenófobos, la protección social de los que se incorporan a nuestros países es un beneficio que exige requisitos legales y sobre todo laborales, etc.– pero tampoco puede llamarse verdaderamente solución (como no sea en el sentido de aquella nefasta “solución final” que los nazis aplicaron a los judíos) a medidas que ignoren la solidaridad humanista. Fueron exprimidos cuando producían beneficios de los que apenas disfrutaban y ahora que llega la crisis económica nos los sacudimos de encima sin miramientos.

Si ya hay en el mundo 700 millones de famélicos, por qué no añadir otros ocho más. Lo grave, con todo, no son las medidas concretas y siempre discutibles que vayan a tomarse, sino la actitud general de la mayoría de los países europeos que parecen arrastrar a los demás: implacables, pétreos, sin más vocación que el provecho ni comprensión solidaria de los dramas humanos.

El sueño europeo no fue solo el de la prosperidad sino el de ciertos valores que buscaban repartir una riqueza no meramente crematística ni utilitaria.

¿Debemos ya despertar de él?

¿Comienza la pesadilla?

Fernando Savater. Filósofo- El Comercio (Perú)


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