Los símbolos patrios
Milton Alava Ormaza
El incidente de la bandera de Guayaquil, aparentemente ultrajada por pobladores de la naciente provincia de Santa Elena, llama a la reflexión sobre el significado y la trascendencia actuales de los símbolos patrios, que según nuestra Constitución son la bandera, el escudo y el himno Nacional.
A los autores de ese “atentado” se los ha querido juzgar, pero más como cortina de humo que como reacción cívica legítima.
Como los ecuatorianos de este bando de ofendidos son demócratas al estilo norteamericano, ellos deberían tener en cuenta que ya la Corte Suprema de Estados Unidos de América dictaminó en años anteriores que la quema de la bandera de este país no constituía delito.
No sería raro que este alto organismo haya tenido en cuenta que a la primera potencia del mundo no le ha pasado nada por la infinidad de veces que los airados antiimperialistas han incinerado este pedazo de tela a lo largo y ancho del planeta.
Ni porque, ciertamente, deportistas, mises y todos cuantos quieren identificarse como patriotas estadounidenses han lucido sus colores en toda clase de atuendos.
Pero, a pesar de estos antecedentes, la bandera sigue siendo sagrada para todos los países y especialmente en los actos oficiales.
Hay que hacerle reverente saludo a la entrada de todo edificio público, en la urna de cristal donde se encuentra, y allí está una guardia militar para exigírselo a los indiferentes.
En las escuelas y colegios es este un acto de consagración a la patria de los niños y jóvenes.
Ahora que el fútbol nos embarga de orgullo nacional, en nuestra ciudades “la tricolor” flamea en todas partes y adopta multiplicidad de formas.
El escudo ecuatoriano ha tenido menos fortuna, acaso porque no siempre ostenta vida independiente, sino como apéndice de la bandera; pero, recientemente, el Presidente Correa lo ha querido revivir para tratar de desplazar la fiesta de brujas, de patente norteamericana.
El Himno Nacional, en cambio, ha resistido el paso del tiempo, no obstante que su letra y su mensaje se han tornado arcaicos.
La canción Patria, de menor edad, pero de mayor carga emocional, difícilmente podrá reemplazarlo. Otra cosa son los símbolos de las provincias, cantones o ciudades.
Pocos los identifican y los usan y, definitivamente, tampoco son muchos los que conocen la letra y cantan sus himnos, que, compuestos, por poetas improvisados, no son precisamente obras literarias ni piezas musicales sobrasalientes.
La excepción entre nosotros quizá sea la bandera de Guayaquil por su tradición libertaria y porque alguna vez tuvo carácter nacional.
De todos modos, es difícil encontrar gente que inmolarse por ellos.
Pudiera ser que la creencia en estos emblemas o melodías haya perdido intensidad o que, por lo menos, se la haya relativizado frente a nuevos valores ideológicos o sicológicos de la modernidad, y quienes se empeñan en mantener viva la fe en los tradicionales no encuentren la respuesta que esperan.




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