Sentimientos y negocios

Rafael Rojas

Durante el mes de convalecencia de Fidel Castro en Cuba se
ha consolidado una dualidad de poderes que venía insinuándose
desde fines de los 90. En la superficie simbólica del
régimen funciona un gobierno sentimental, que demanda afectos
por el caudillo moribundo, hace votos por su pronta recuperación
y porque su espíritu acompañe a los sucesores en la lucha
contra el ”imperialismo yanqui”.

Pero en el funcionamiento rutinario
de las instituciones, especialmente de los ministerios estratégicos,
opera otro gobierno, encabezado por Raúl Castro, el
Ejército y el Partido Comunista, que ofrece a Estados Unidos
control migratorio, tranquilidad social y colaboración contra las
drogas y los ciclones, a cambio del levantamiento del embargo y
la normalización de relaciones.

En la lógica del gobierno sentimental, cualquier entendimiento
con Estados Unidos, aunque sea sobre la base de una relativa
preservación del régimen, es una claudicación.

Cuba, según ese
gobierno afectivo y mesiánico, no sólo libra una guerra santa y
eterna contra Washington, sino que debe estar siempre al borde
de una invasión norteamericana, como dice la reciente carta de
los 27 000, para poder demandar la ‘’solidaridad” de Hollywood y
la Academia, Noam Chomsky, Benicio del Toro y Naomi
Campbell, de cuanto sociólogo de la ”democracia participativa”
(Atilio Borón, Pablo González Casanova, Gilberto López y
Rivas…), ”teólogo de la liberación” (Ernesto Cardenal, Leonardo
Boff, Frei Betto…), o escritor nostálgico de las guerrillas (Mario
Benedetti, Eduardo Galeano, Belén Gopegui…) pulule por
Iberoamérica.

Al otro gobierno, el de los negocios, que encabeza el hermano
menor y la casta militar empresarial que lo rodea, no le interesa
la ”batalla de ideas”, ni el Movimiento de los No Alineados,
ni las pataletas chavistas contra la hegemonía de Estados
Unidos.

A ese gobierno le interesa, sobre todo, la mayor inserción
posible en el mercado mundial y la atracción de inversiones
norteamericanas hacia la isla. Los generales y los tecnócratas sí
le creen a Bush, a Rice y a Shannon cuando declaran que
Washington no desea invadir Cuba –una ”idea rocambolesca”, dijo
la Secretaria de Estado–, que el cambio debe producirse adentro
y que el embargo podría derogarse en caso de apertura.

El primer gobierno, el sentimental, el simbólico, transcurre
en las páginas de Granma y Juventud Rebelde, en las trasmisiones
de la Mesa Redonda y en los tantos suplementos electrónicos
con que cuenta el castrismo dentro y fuera de la isla, donde
se difama a la oposición y al exilio.

Según ese gobierno, que la
falta de Fidel convertirá, poco a poco, en una agencia funeraria o
en una permanente sesión espiritista, Cuba cumple una función
simbólica en el mundo, perpetua e irremplazable, como disidente
de Estados Unidos.

Del estado de confrontación con
Washington depende la legitimidad de esa dictadura ante una
buena porción de la ciudadanía de la isla y de los países del
Tercer Mundo, donde el antiamericanismo es el opio del pueblo.
El gobierno gerencial, en cambio, imagina que el diferendo
con Estados Unidos, si bien no superarse, podría administrarse
de tal manera que Cuba, como China y Viet Nam, pueda sacar
provecho del comercio y las inversiones norteamericanas, sin
dejar de ser un país comunista o avanzando hacia otra forma de
autoritarismo, como la venezolana.

Sin embargo, para que esto
pueda comenzar, ya no a negociarse, sino a contemplarse, los
gerentes tendrán que mantener a raya a los espiritistas, abandonar
el impulso de interferir y boicotear las democracias latinoamericanas
y conceder, por lo menos, algunos gestos.

Por ejemplo,
la liberación de los 300 presos políticos, el cese del hostigamiento
contra la oposición interna o la apertura de la pequeña y
mediana empresa privada.
Si el gobierno empresarial logra imponerse sobre el gobierno
afectivo, entonces a los oficiantes del culto a Fidel Castro sólo les
quedará Granma y las Mesas Redondas para entretenerse en la
exaltación del legado del caudillo, mientras observan, impotentes,
cómo los generales y los tecnócratas aprenden a sacar ventaja
de la hegemonía de Estados Unidos, en vez de combatirla
irracionalmente.

Cualquiera que desee la democracia para Cuba
y entienda que ésta es inconcebible sin libertad económica y política
debe considerar insuficiente e, incluso, reprobable una apertura
encabezada por el ejército y el partido de un régimen totalitario.
Sin embargo, a sólo un mes de la hospitalización de Castro,
no puede descartarse que una sucesión reformista sea la vía de
acceso a la transición democrática.


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